Por el retorno de una izquierda ilustrada

       “La Vanguardia”, en su edición del 1 de febrero, se hacía eco de la aparición de dos libros, críticos con el auge de la política identitaria, que prometen. Se trata de “La izquierda no es woke” (Debate), de la filósofa norteamericana Susan Neiman, y de “Cancelados” (Paidós), donde el politólogo Umut Özkirimli llama a “salvar a la izquierda de la visión narcisista” de la que se ha embebido a su paso por la posmodernidad. Permítaseme añadir a estas novedades editoriales otra de muy recomendable lectura: “Teorías cínicas” (Alianza Editorial), de Helen Pluckrose y James Lindsay, un concienzudo trabajo que nos explica “cómo el activismo académico hizo que todo girara en torno a la raza, el género y la identidad… y por qué esto nos perjudica a todos”.

            Hay que celebrar la aparición de estos libros. Marcan un punto de inflexión, una saludable reacción desde el mundo intelectual frente al avance de un pensamiento anticientífico que, tras ganar predicamento en distintos estudios, ha acabado introduciendo en los campus comportamientos autoritarios, contrarios a la libertad de cátedra y de expresión inscritos en el frontispicio de la academia. Y, más grave aún, ha validado políticas públicas y relatos que, bajo el marchamo de inclusión y justicia social, abonan en realidad el terreno a la extrema derecha en un momento crítico para las democracias liberales.

            Pluckrose y Lindsay, una escritora y un matemático, ajustan cuentas con el posmodernismo. Y es interesante la óptica desde la que lo hacen: la de la tradición liberal, en el sentido más noble y anglosajón del término. En nuestras latitudes, acudiríamos quizá con mayor facilidad al término “progresista” o resaltaríamos el concepto de “ilustración”. En esa tradición liberal reconocen los autores una vertiente de izquierdas, asimilable al socialismo democrático… aunque se muestran muy suspicaces respecto al marxismo, que tienden a ver como la utopía que engendró algunas de las peores pesadillas del siglo XX. Poco importa ese ángulo muerto. El rigor crítico, la coherencia y la verificación a través de hechos y evidencias – que reivindican como método liberal – permitirían refutar esa opinión, teñida de idealismo. El estalinismo no resultó de ninguna evolución intelectual, sino de un determinado desarrollo histórico y social; concretamente, de la asfixia de una revolución en un país cultural y económicamente atrasado. Si el estalinismo surgió del marxismo, acaso lo hizo “como su negación dialéctica”, diría un clásico como Trotsky. Pero éste no es hoy el debate. Y la discrepancia ideológica no hace sino poner de relieve el valor de cuanto defienden estos fustigadores de las teorías cínicas de la posmodernidad: con ellos se puede discutir todo, apelando a la razón, a la refutación y a la comprobación. Podemos convencernos, modificar nuestras opiniones. No así con quienes elevan las suyas a la categoría de dogmas de fe, rehúsan la crítica y se erigen en inquisidores de quienes cuestionan sus creencias. No exageramos. Esa dinámica corrosiva ha penetrado profundamente en las filas de toda una parte de la izquierda.

            Y eso no ha caído del cielo. Las dataciones siempre son discutibles. Situemos, sin embargo, el origen filosófico del posmodernismo en los trabajos de los franceses Michel FoucaultJacques Derrida y Jean-François Lyotard, quienes en la década de los sesenta impulsaron una concepción radicalmente nueva del mundo… que acabaría desbordando el ámbito del pensamiento para incidir poderosamente en nuestras sociedades. De hecho, se trataba de una reacción de escepticismo radical, cercano del nihilismo, cuestionando la capacidad de progreso humano y de avance en el conocimiento de la verdad. Influyeron en esa ruptura con la tradición ilustrada, nos dicen Pluckrose y Lindsay“unas condiciones históricas específicas, incluyendo el impacto cultural de las Guerras Mundiales y su desenlace, la desilusión generalizada con el marxismo, el declive de las visiones del mundo religiosas en los entornos posindustriales y el rápido avance de la tecnología. (…) La desesperanza era tan extrema que el propio posmodernismo podría caracterizarse como una profunda crisis cultural de confianza y autenticidad, acompañada de una desconfianza cada vez mayor hacia los órdenes sociales liberales”. No se trataba, pues, del escepticismo científico propio de la Ilustración, que entiende que cada nuevo conocimiento debe ser sometido a crítica, permitiendo superarlo e impulsando ulteriores avances. No, Foucault no negó que existiera una realidad, pero dudaba de la capacidad de los humanos para trascender nuestros prejuicios culturales y alcanzarla”. Y, en ese sentido, “el poder sociopolítico es el determinante último de lo que es verdad, no la correspondencia con la realidad”.

            Todo ello no podía sino desembocar en una suerte de teoría de la conspiración. Pero una conspiración de la que todos seríamos partícipes, enredados en el lenguaje, en un “discurso” que todo lo estructura al servicio de un biopoder omnipresente. “La ciencia ha sido organizada para servir a los intereses de los poderosos que la establecieron – hombres blancos occidentales -, a la vez que erigían barreras para impedir la participación de otros”. En una primera fase, “puesto que estaban centrados en sistemas de poder autoperpetuantes, casi ninguno de los teóricos posmodernos originales defendió algún tipo de acción concreta, sino que preferían dedicarse a la disrupción traviesa o a la desesperanza nihilista”. Pero eso cambiaría radicalmente, pocos años después, cuando esas ideas arraigaron en los campus universitarios, enlazando de algún modo con los movimientos contestarios del 68 – aunque terminaran por dar completamente la vuelta al sentido que habían tenido las luchas anticoloniales, el feminismo o el movimiento en defensa de los derechos civiles en Estados Unidos, todos ellos anteriores a la irrupción de los postulados posmodernos. En cierto modo, la posmodernidad se instaló en la resaca de tales movimientos.

            Gayle Rubin o la mediatizada Judith Butler son algunas de las figuras más conocidas en esa labor de subversión del feminismo, secular movimiento histórico de las mujeres en pos de la igualdad. Bajo el enfoque posmoderno, donde el verbo lo construye y determina todo, los límites se difuminan. Para Butler, no sólo las normas y estereotipos, los roles sociales y los rasgos atribuidos a hombres y mujeres, son constructos sociales, sino también la sexualidad y el propio sexo. Todo fluye en la indeterminación. Y las categorías fijadas por el lenguaje generan una opresión… que sólo cabe deconstruir desde la parodia inmisericorde, desde una exageración que ridiculice esos rasgos definitorios de hombre o mujer. Así planteada a principios de la década de los noventa por Judith Butler en “Gender trouble. Feminism and the subversión of idedntity” lo que sería la matriz de la doctrina “queer”, la cosa podía parecer una frivolidad intelectual, una excentricidad llamada a “épater” algunos auditorios ansiosos de novedad, sin mayores consecuencias para el resto de los mortales. Algunos, poco perspicaces, así lo creímos en su día. Craso error. No nos percatábamos de hasta qué punto el escepticismo posmoderno devenía influyente cinismo a medida que iba reformateando los postulados de las ciencias sociales. Pero, sobre todo, subestimábamos la resonancia de tales ideas con las impetuosas tendencias que desataba la revolución conservadora de Reagan y Thatcher, vencedora del espectro del comunismo, cuando proclamaba el final de la Historia. Se abrían las puertas a una sociedad sin proyecto colectivo de progreso, de individuos aislados y condenados a la infelicidad de un hedonismo permanentemente frustrado. Un mundo donde sólo cabría buscar refugio en identidades tribales cada vez más cerradas e inaccesibles. Un mundo, en suma, donde un capitalismo altamente tecnificado y concentrado en pocas manos rebasaría las últimas fronteras, mercantilizando cuerpos y deseos hasta dibujar una distopía para la humanidad.

Pero, por aquel entonces – en los años de la “globalización feliz”, antes que el 11-S anunciase un siglo cargado de sombrías amenazas -, si eso hubiese pasado por la cabeza de alguien, se habría considerado una ensoñación, una pesadilla. Hoy nos parece más cercano y verosímil. Sin ir más lejos, ahí está toda la controversia, lejos de amainar, en torno a las leyes trans y sus impactos sobre las políticas de igualdad o la salud de menores y adolescentes. “El feminismo pretende cambiar la sociedad. Eso es una revolución. El transgenerismo quiere cambiar los cuerpos. Y eso es un negocio”, gusta decir la profesora Juana Gallego. Como nos recuerdan Pluckrose y Lindsay, la validación de la academia es fundamental para que determinadas aspiraciones pasen “de las musas al teatro”, se materialicen en leyes, lleguen a los gobiernos y rijan la vida social.

Las incursiones de la posmodernidad han sido, como decimos, pluridisciplinares y han tenido numerosas implicaciones. Lo han sido los estudios sobre la “interseccionalidad” – en principio, una aproximación válida a la hora de identificar la confluencia de distintas opresiones étnicas, de género, culturales, etc. sobre determinadas franjas de la población -, pero que ha ido derivando en una subasta de identidades oprimidas en la que la verdad sólo era accesible a aquella supuestamente más ofendida. Una sacralización de la autopercepción que, curiosamente, ha corrido en paralelo a la difuminación del factor social, de clase, en esa condensación de agravios e injusticias. Podríamos multiplicar los ejemplos. Es conocido el relativismo cultural de la posmodernidad: nada puede discutirse, pues sólo una realidad social o cultural tiene consciencia de sí misma; cuanto le llega de fuera es un discurso de sometimiento blanco. (La misma izquierda radical que detecta micromachismos en todo comportamiento es muchas veces incapaz de solidarizarse con las mujeres iranís que se rebelan contra las imposiciones de los clérigos integristas). Todo se eleva a la categoría de identidad, apelando a un caleidoscopio de diversidades. Que la medicina advierta de los riesgos para la salud que supone la obesidad, puede ser tratado de “gordofobia”. La discapacidad deja de plantearnos la obligación social de procurar a las personas que la padecen los medios de una vida plena, para convertirse en una “diversidad funcional” definitoria de un colectivo que no debemos ofender desde nuestra mirada cargada de incomprensión.

En todos los casos, llegamos a un callejón sin salida y a una irrupción de la intolerancia y el dogmatismo. El rechazo de la racionalidad y la ciencia, corrompidas por definición como vectores de biopoder, nos deja sin códigos compartidos ni conversación democrática. La proyección de ese desencuentro en la vida política ya es patente a estas alturas: “Mientras que algunos en la extrema derecha desearían detener el progreso e incluso consideran que ya ha ido demasiado lejos (…) otros en la extrema izquierda piensan que el progreso es un mito e insisten en que la vida en las democracias liberales sigue siendo tan opresiva como siempre…”. Con la caída de la URSS, la generación de la izquierda a la que pertenezco – y que se ubicaba a la izquierda de la socialdemocracia – se quedó sin legado ni utopía que transmitir a la siguiente hornada militante, que irrumpiría ya bajo los cielos de la globalización neoliberal triunfante. Es así como la politización del discurso posmoderno, con su profundo poso de impotencia y su vacua radicalidad, ha impregnado el pensamiento y la praxis de la izquierda alternativa, esa izquierda errática e inestable que hoy tenemos en España y en toda Europa.

Pero el problema va mucho más lejos, porque la fuerza de arrastre de las teorías cínicas resulta muy fuerte cuando se “reifican”, cuando se materializan al conectar con intereses económicos y fuerzas sociales. Es necesario que la izquierda en su conjunto tome plena consciencia de ello. Ha habido un momento de la historia en que nos adentramos por caminos que no conducen a ninguna parte. Esos derroteros han alejado a la izquierda de su base social histórica, empezando por la propia clase trabajadora. La subversión del feminismo ha llevado a perder de vista a la mujer como sujeto de su propia emancipación. Se ha cuestionado la legitimidad del combate progresista, de los valores y objetivos universales, que proclamaba válidos para toda la humanidad, señalando la crueldad del esclavismo, la explotación colonial sobre la que se levantaron las naciones industriales, las guerras o la barbarie fascista… Pero con ello se ha olvidado que la lucha contra tales injusticias, la conquista de las libertades, de los derechos obreros, el propio desarrollo de la democracia política, los avances en la igualdad de derechos, incluso el proceso de descolonización… se inspiraron en esos valores y anhelos comunes. Es decir, en un esfuerzo colectivo, en un choque de la razón contra el oscurantismo, en esa búsqueda incansable y esperanzada de la verdad que constituye el núcleo de la tradición ilustrada. Una tradición que, lejos de representar una expresión esencialista de Occidente – frente al Oriente cerrado y “exótico” que imaginó el colonialismo y que, a fin de cuentas, abraza el posmodernismo -, forma parte de un acervo común, de una profunda aspiración de toda la humanidad. Más allá – e incluso a través – de sus diversas historias y de las múltiples culturas de los pueblos. Urge recuperar el rumbo. El de una izquierda ilustrada y, como tal, necesariamente autocrítica y renovada.

Lluís Rabell

3/02/2024

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