Levantar de nuevo la torre de Babel

       Entre los regalos navideños, digamos “tradicionales”, que acostumbra a recibir un padre sobresalía este año un obsequio realmente inspirado… e inspirador: “Missatges d’un món oblidat”, un conjunto de textos del prolífico autor vienés Stefan Zweig, escritos entre 1914 y 1941, rescatados del olvido y traducidos al catalán por Oriol Gil Sanchís (Ed.Univers). Si la lectura de Zweig, ya se trate de un ensayo, de una biografía o unas memorias, es siempre enriquecedora y emotiva, los trabajos recogidos en este libro no podían ser al mismo tiempo más oportunos – e incluso iluminadores – en los tiempos inciertos y convulsos que vivimos, con la guerra asolando las planicies de Ucrania o devastando Gaza y un futuro incierto planeando sobre Europa.

            Stefan Zweig representa como nadie el europeísmo ilustrado de principios del siglo XX. Su erudición, su cosmopolitismo y su humanismo hacían de él un apasionado partidario de la unificación europea. A su entender, había llegado la hora de superar los nacionalismos, dejando atrás siglos de contiendas y violencia que habían trazado con sangre unas fronteras devenidas asfixiantes y carentes de sentido ante el impetuoso desarrollo de la economía, la ciencia y la cultura. Ese anhelo, cuyas primeras evocaciones se hallan ya en los versos de Goethe o en la encendida prosa de Nietzsche, era compartido en aquellos años por toda una élite intelectual cuyas creaciones, brotando de distintas lenguas, se interpelaban y fecundaban mutuamente. “Así nos sentíamos en los albores del nuevo siglo los jóvenes fervorosos que habíamos encontrado amigos en todos los países, en Francia, en Inglaterra, en Italia, en España y en Escandinavia, compañeros en la tarea común: sentíamos que todo el planeta vivía ya bajo los lazos de la amistad, que los Estados Unidos de Europa eran ya una realidad, ¡y cuán felices éramos bajo aquel presentimiento!”. (P.77)

            Esa ensoñación saltó por los aires, hecha añicos, en el verano de 1914 con el estrépito de los cañones. La espantosa carnicería que ensangrentó los campos de Europa y acabó con la caída de sus más viejos imperios, ni cayó del cielo, ni constituyó una fatalidad. Zweig evoca cuán imposible se antojaba la conflagración a las opiniones públicas, cuán amplio era el rechazo a la guerra por parte del mundo intelectual, de las poderosas organizaciones de trabajadores de la Internacional Socialista, del emergente movimiento feminista… (Una oposición popular que el autor echaría de menos en 1939. Entonces, la República española había sido derrotada por el fascismo y ya se vislumbraba, inevitable, un nuevo episodio de barbarie, ante el cual Zweig apelaba a las nuevas generaciones que no habían pasado por la escuela de odio y brutalidad de aquella guerra). El militarismo y el patriotismo – expresión imperialista de ese mismo ímpetu de las fuerzas productivas engendradas por el capitalismo, rebelándose contra la estrechez de las fronteras nacionales – ganaron la partida en 1914. Concurrió al fatal desenlace de los acontecimientos una asombrosa mezcla de desmedida ambición, pusilanimidad e ineptitud por parte de las castas dirigentes. “Cuando, a pesar de todo, se encendió la conflagración mundial, he aquí – hoy la distinguimos con claridad – la verdadera razón por la cual hasta el último instante nadie había creído en la guerra: la mentalidad general de los europeos la tenía por imposible; los trabajadores socialistas confiaban en sus líderes, que en el momento decisivo abandonaron, espantados, su convicción; los ciudadanos confiaban en el parlamento y en la diplomacia; los diplomáticos, por su lado, también temerosos de la guerra y de la responsabilidad pública, contaban en cada Estado con el miedo de los otros Estados; Austria creyó que Serbia se arrugaría ante su amenaza; Rusia, a su vez, creyó que Austria terminaría aflojando; Alemania esperaba que Rusia se dejaría intimidar por su amenaza… y así hasta que el miedo generalizado se convirtió en un ataque de pánico, arrastrando a todas las naciones, tan entusiasmadas como endemoniadas, a la guerra.” (P.98)

            Una guerra cuyo horror describieron Stefan Zweig y otros tantos intelectuales pacifistas como Romain Rolland o Roger Martin du Gard, autor de “L’été 1914”“No hay una sola fábrica en Europa, ninguna solitaria masía, ninguna aldea, de la que no se haya arrancado un hombre para que tome parte en la lucha.” La tragedia de Europa, donde la Paz de Versalles prepara las condiciones de una guerra aún más cruel, determina la vida y la evolución intelectual de Zweig. El ascenso del nazismo supone para él persecución y exilio. Sus libros son quemados en Alemania. Y en nombre de Alemania, Hitler somete a los pueblos donde el prolífico escritor cuenta con tantos y tantos amigos. “Quizá os extrañe – les dice – que, no obstante, sigamos creando y escribiendo en esta lengua alemana. Pero si un escritor es capaz de abandonar su tierra, jamás podrá deshacerse de la lengua que en su interior piensa y crea. Es en esta lengua en la que toda la vida hemos luchado contra la deificación del nacionalismo, y es la única arma que nos queda para seguir luchando contra esa lacra criminal que trastorna todo el planeta y deja la dignidad humana hundida en el lodo.” (P.184)

            Pero el dolor y la consternación ante la barbarie – Zweig narra en sus memorias (“El mundo de ayer”) la aflicción que le produce saber que su anciana madre tiene prohibido descansar en un banco público de su amada Viena, en virtud de las leyes antisemitas instauradas tras el Anschluss – no logran destruir la esperanza. Zweig se aferra a un mito bíblico: “El episodio de la torre de Babel, el de la más sublime fraternidad humana”. Según esa narración del Antiguo Testamento, la humanidad, movida por el deseo de alcanzar los cielos, aunó sus esfuerzos y levantó una portentosa torre, testigo de su ingenio y del extraordinario potencial de su energía mancomunada. Pero Dios, temiendo ser igualado por su propia creación, multiplica las lenguas de los hombres y siembra entre ellos la incomprensión. Zweig ve en el mito ancestral de Babel una pulsión, profundamente enraizada en el corazón de la humanidad, que la empuja a la cooperación, a compartir el saber, a tejer proyectos comunes que la proyectan hacia adelante. Y está convencido de que esa pulsión, en lucha constante con su contrario – el repliegue tribal, la guerra fratricida, la dominación y la conquista – merece triunfar, puede triunfar. Y, de hecho, entre mil avatares, tras épocas de oscuridad, sigue manifestándose a través de los siglos y dando sentido a la Historia. Una Historia, reflexiona, mal contada a consciencia, un relato que nos ha predispuesto a la guerra, prolijo en episodios bélicos y olvidadizo del sordo trabajo que ha labrado el auténtico progreso civilizatorio. “¿Quién fue Aquiles, sino el típico bravucón, fuerte, valiente y fanfarrón, como los hay a montones en los barrios de cualquier país?” (P.47) No hay gesta sin narrador apasionado que la inmortalice, y Homero hizo de Aquiles un héroe legendario.

            Notable contraste entre la visión del desarrollo histórico de Zweig y la de otro coetáneo e ilustre perseguido del nazismo, Walter Benjamin, cuyo “Angelus Novus”, empujado por el vendaval del tiempo, contempla horrorizado la interminable sucesión de tragedias sangrientas que ha constituido el devenir de la civilización. No obstante, para Benjamin, el Mesías podía entrar por la puerta más recóndita de Jerusalén, la revolución llegaría cuando nadie la esperase y quizá porque ya casi nadie contaba con ella. Y para Zweig, las nuevas generaciones, libres de responsabilidad con el pasado, podrían lanzarse a nuevas empresas, dignas de los rasgos más nobles de la humanidad. “Belicismo y odio de una nación contra otra. La historia de la cultura con la que yo sueño, en cambio, enseña exactamente lo contrario: nos hablaría, no de aquello que una nación inflige a otra, sino de aquello que una agradece a otra. Nos mostraría que casi todo aquello que hemos inventado, concebido, descubierto, compuesto o creído es un éxito colectivo; que cada invento y cada descubrimiento ya se preparaba en algún lugar y trascendió de una nación a otra; que resulta indiferente quién haya sido el vencedor y quién el vencido, porque con frecuencia los vencedores aprenden de los vencidos; y que, a fin de cuentas, todos los pueblos, todas las naciones, trabajarán unidas en la torre de Babel.” (P.149)

             En estos momentos de trascendentes disyuntivas, cuando Europa se enfrenta al dilema de avanzar en su integración federal y social o ceder ante las tendencias disgregadoras del nacional-populismo, la lectura de estos “Mensajes de un mundo olvidado” resulta altamente recomendable. No encontraremos en esas páginas receta alguna para los males que nos aquejan. Ni siquiera una analogía exacta. Las circunstancias en las que Zweig escribía la mayor parte de estos textos – el preludio de la segunda guerra mundial y sus primeros compases – no son las nuestras. Pero la Europa confiada de 1914 o la resignada al desastre de 1939 que describe nos ilustra sobre lo voluble de las situaciones, sobre la brusquedad con la que pueden precipitarse los acontecimientos. La advertencia reverbera en la responsabilidad de las fuerzas europeístas. y singularmente en la que incumbe a la izquierda, para impulsar un proyecto integrador frente a las amenazas de dislocación de la UE y de subversión autoritaria de las democracias. Advertencia… y esperanza. Porque, a través de sucesivas generaciones de lectores, Stefan Zweig sigue hablándonos de una hora “en que los pueblos únicamente competirán entre sí para ofrecer y aceptar; en que, no ya mediante la violencia, sino a través del talento artístico, cada pueblo podrá convencer a los otros pueblos de su razón de existir; en que la historia no se entonará como una balada de guerras sin fin, sino que será coreada como un himno heroico al progreso en común”. (P.51) El firmamento sigue esperando que Babel se alce de nuevo.

            Lluís Rabell

            31/12/2023 

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