¿La amnistía, un golpe de Estado?

Hoy se da a conocer el texto del proyecto de ley de amnistía. Importa que su trenzado jurídico sea impecable. No tardaremos en entrar en debate, aunque sus anclajes, motivaciones, así como los hechos y personas cuyo eventual castigo penal quedaría sin efecto, eran ya conocidos y anticipaban un texto sólido. Los embates, por parte de la derecha y la extrema derecha, serán – ¡qué duda cabe! – incendiarios. Tanto más cuanto más endeble sea el argumentario jurídico de que dispongan. Y, aunque la izquierda deba mantenerse firme en la defensa de la coherencia y plena constitucionalidad de su propuesta, es evidente que se avecina una batalla política de alto voltaje. Una batalla planteada en términos populistas, encendidamente emocionales, cargados de rabia y resentimiento. Todos los miedos, toda la zozobra acumulada por mil motivos en la sociedad, focalizados contra el gobierno de Pedro Sánchez y una ley, que pocos leerán. Ese es el plan desestabilizador. Prueba de ello, la hiperbólica acusación de que, con la amnistía, Sánchez estaría dando ni más ni menos que “un golpe de Estado”.

Manida acusación la del golpe, sobre todo para quienes vivimos en primera línea el “procés”. Pero acusación efectista y que da el tono de la campaña de acoso y derribo que comienza – acaso con la mirada puesta en las elecciones europeas de la próxima primavera, primer test del pulso contra el gobierno progresista. 

En aquel convulso período, refiriéndome a los plenos parlamentarios de los días 6 y 7 de septiembre de 2017, a las “leyes de desconexión” entonces aprobadas, así como a la DUI de octubre, me opuse a calificar esos actos del Govern y la mayoría independentista que lo respaldaba como un golpe de Estado… para identificarlos después con esos términos. A riesgo de pecar de inmodestia, hoy diría que, en los dos contextos en los que me pronuncié de modo tan contradictorio, anduve acertado. Viene al caso que nos ocupa rememorar aquellos episodios.

En efecto. En la memoria colectiva de la sociedad española, la evocación de un golpe de Estado hace aflorar el recuerdo de sangrientos levantamientos armados. No se dio nada parecido en el curso del “procés”, esencialmente un choque institucional con el Estado apoyado en una viva agitación de las clases medias. El término, empleado profusamente por PP – y quizá aún más por C’s -, pretendía azuzar una acción punitiva ejemplar contra el independentismo. Era un intento de magnificar determinados desórdenes callejeros, de acreditar la tesis de la violencia. Tanto más cuanto que no existe tipificación alguna de “golpe de Estado” en nuestro Código Penal. Se definen, por contra, los delitos de sedición y rebelión, referidos a bienes jurídicos distintos: ya sea el orden público, en el primer caso, o bien el ordenamiento constitucional en el segundo. PP y C’s sembraban a conciencia la confusión. Por parte del independentismo, más allá de una atmósfera asfixiante para quienes no comulgábamos con su ideario, no existió la violencia a que apuntaba la semántica del “golpe”. Aunque sí puede afirmarse que se dio un golpe en términos jurídicos kelsenianos, en la medida en que hubo un intento de abolir el orden democrático vigente, la Constitución y el Estatut, por medios ilícitos, careciendo de las mayorías necesarias, pisoteando los derechos de la oposición y saltándose tramposamente los procedimientos requeridos. Si delito alguno se cometió en aquellas aciagas jornadas, ése fue esencialmente contra la Constitución.

Las armas, por fortuna, brillaron por su ausencia. Sin embargo, lo que ocurrió revistió una gravedad excepcional. Representó la mayor crisis institucional desde la Transición. Y hubiese podido llevar Catalunya al enfrentamiento civil, como lo demostraron las algaradas callejeras en Barcelona, tras conocerse la sentencia condenatoria del TS a los líders del “procés”. Más de la mitad del país fue expulsada de la catalanidad y conminada a aceptar una separación que le partía el alma. “España forma parte de Catalunya”, gustaba decir Pasqual Maragall. No, aquella aventura, ensayo populista que se les fue de las manos a sus propios promotores, no fue ninguna broma. Entre otras muchas consecuencias negativas, ha contribuido decisivamente a reavivar los prejuicios anti-catalanes más allá del Ebro – y la merecida antipatía que suscitan determinadas actitudes de desprecio hacia España por parte del independentismo. Abascal cabalga sobre la potente ola de esos sentimientos reactivos. Justamente, todo ese entramado factual es el que pone de relieve que ha llegado el momento de dar paso a la amnistía. 

Acabado el “procés”, la derecha española parece querer emprender la singladura de su particular “proceso”. Con agitación callejera y triquiñuelas reglamentarias en el Senado que, como recordaba hace unos días Joan Coscubiela, se asemejan a ciertas “astucias” empleadas por el independentismo para burlar los procedimientos democráticos y practicar el filibusterismo parlamentario. Las palabras son algo muy serio. Al vaciarlas de contenido inteligible y unívoco, el populismo dispara contra la misma línea de flotación de la democracia. Si no disponemos de significados compartidos, no hay conversación política y ésta se ve reemplazada por la vociferación, antesala del conflicto abierto. En las circunstancias extremas de la guerra, és cierto – y quizá por eso mismo -, Netanyahu expresa el paradigma del nuevo ascenso nacional-populista: “Somos el pueblo de la luz frente al reino de las tinieblas”. ¿Quién podría amnistiar a Belcebú? Sobre todo cuando, para la derecha radicalizada y la extrema derecha, el auténtico demonio, mucho más que Puigdemont, es Sánchez. Por razones de clase y del proyecto territorial federalizante, que en estos momentos encarna la socialdemocracia. 

Cuidado, pues, con las palabras. No son simples exageraciones, ni “calentones” de boca. La hipérbole del golpe de Estado para calificar la amnistía corresponde a una estrategia de crispación muy pensada. Cínica e irresponsable, pero fríamente calculada. Sin embargo, la verdad puede prevalecer. Que la izquierda dé el paso valiente que está dando significa que “hay partido”. Y que podemos ganarlo.

Lluís Rabell

(29/11/2023)

1 Comment

  1. Creo que lo primero que habría que decir es que la amnistía no es el resultado de una táctica deliberada. Fue la necesidad de votos lo que empujó a Sánchez a pactar con el nacionalismo.. . En este sentido la amnistía significa volver a la situación que había antes del inicio del procés. A los pactos del venerado de nuevo Sr Pujol. Esto habre la puerta a que el independentismo vuelva a pactar con el PP. La característica de la política española es su imprevisibilidad, la incapacidad de seguir una estrategia pactada. En realidad quién señala el rumbo es la situación de crisis del capitalismo internacionalizado con el ascenso de una nueva extrema derecha, que a la larga anuncia la tentación de un autoritarismo violento con tintes fascistas. El capital teme el renacimiento de una nueva izquierda, después de la derrota del movimiento obrero por el estalinismo. Una izquierda reforzada por la crisis ecológica rampante y por un feminismo igualitarista de clase que refuerce el frente obrero. Los Sánchez Fiejoo Puigdemont son solo marionetas de la historia. Hoy por hoy no hay ningún líder ni fuerza que pueda configurar el futuro.

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