El socialismo de los imbéciles

            Desde el incendio desatado el pasado 7 de octubre por la sangrienta incursión de Hamás en el sur de Israel, cada jornada nos trae un cortejo de muerte y destrucción. Las víctimas civiles se cuentan ya por millares en la martirizada franja de Gaza, sometida a bombardeos de una intensidad que supera todo lo visto anteriormente. En Cisjordania, ocupada por el ejército israelí y cuarteada por la incesante expansión colonial, las protestas y enfrentamientos de los últimos días se han cobrado también la vida de decenas de jóvenes palestinos. La polarización del conflicto alcanza estos días su paroxismo, con el gobierno israelí escorado hacia una extrema derecha belicista y racista, y una nación palestina desesperanzada, carente de horizonte estratégico, en cuyo nombre hablan y actúan las tendencias más extremistas. Pero es que, a través de ese enfrentamiento, se juega una gran partida geoestratégica. Irán quiere romper su aislamiento y Putin está encantado con que se abra otro frente bélico que detraiga atención mundial y recursos a Ucrania. Entramos en un período incierto y sombrío. La brutalidad de los acontecimientos interpela la conciencia democrática de la humanidad. Su trascendencia y los peligros que encierran constituyen una amenaza para la paz mundial.

            No es fácil guardar la cabeza fría ante esa vorágine. Y, sin embargo, más que nunca, es eso lo que la izquierda debería hacer, si quiere jugar un papel activo en favor de la paz y del futuro de los pueblos. Al igual que en muchas otras ciudades de Europa, América u Oriente Medio, el pasado sábado, 21 de octubre, una masiva manifestación recorrió las calles de Barcelona exigiendo el cese de los bombardeos sobre Gaza y la apertura de corredores humanitarios. Nada más legítimo y necesario en estos momentos. Sin embargo, poco antes de la manifestación, un puñado de activistas protagonizó una acción que, pretendiendo ser solidaria con el sufrimiento de Palestina, no sólo aporta una dudosa contribución a su causa, sino que amaga con un desliz altamente peligroso para la izquierda.

            En efecto. Un centenar de personas ocupó un hotel de la calle Santa Anna, en Ciutat Vella, arguyendo que era propiedad de un magnate israelí, supuestamente implicado en el complejo industrial-militar. No es de extrañar que la comunidad judía de Barcelona manifestara de inmediato su inquietud. Cierta o no la titularidad del establecimiento, lo indiscutible es que la acción constituía un señalamiento individual. Y, más allá de las intenciones de sus promotores, un señalamiento que no podía por menos que evocar siniestros precedentes históricos. Es verdad que con harta frecuencia, desde el gobierno de Israel, se ha usado y abusado de la acusación de antisemitismo para descalificar las críticas a la ocupación de Cisjordania o al maltrato de Gaza. Pero no es menos cierto que una protesta de este tipo, focalizada en un supuesto “magnate”, trae a la memoria la vieja fantasmagoría acerca de “la plutocracia judía”, con su cohorte de usureros que otrora sangraban al pueblo y hoy manipulan los destinos del mundo. Cuidado, porque el antisemitismo permanece latente, como una corriente subterránea en nuestras sociedades. Nunca falta quien está dispuesto a reeditar “El Protocolo de los Sabios de Sion”.  Una lectura segada del conflicto Israel-Palestina puede convocar de nuevo a los peores demonios de la historia de Europa.

            El mito del judío adinerado y conspicuo bebe de la ignorancia. Del mismo modo que la simplificación del conflicto en curso desconoce la complejidad de la sociedad israelí y la del propio pueblo palestino, que no son en modo alguno reductibles a Netanyahu ni a Hamás. Hace más de un siglo, Friedrich Engels respondía así a quienes le preguntaban si la socialdemocracia debía integrar de algún modo el antisemitismo en su crítica de la sociedad de clases: “El antisemitismo falsea totalmente la realidad. Ni siquiera conoce a los judíos que vilipendia. De otro modo, sabría que en Inglaterra y en América, gracias a los antisemitas de Europa Oriental, y en Turquía gracias a la Inquisición española, existen millares y millares de proletarios judíos y que estos trabajadores judíos son en realidad los peor explotados y los más desgraciados de todos. En Inglaterra, hemos tenido tres huelgas de trabajadores judíos durante los pasados tres meses, ¡y ahora nos piden que acojamos el antisemitismo como una forma de lucha contra el capital!”

            Del mismo modo, desde el seno de la sociedad israelí y a pesar del fervor nacional desatado por las matanzas del 7 de octubre, se alzan voces que claman por la paz y una solución democrática de la cuestión palestina. Voces que piden ayuda a la izquierda mundial… y que se encuentran con no pocas incomprensiones. La conocida socióloga y escritora Eva Illouz, firmaba el pasado 17 de octubre, junto a otros destacados académicos israelíes, un angustioso llamamiento “a los progresistas de todo el mundo” para detener “la violencia indiscriminada hacia la población civil de Israel y Palestina”“Muchos de nuestros homólogos han expresado su firme oposición al ataque de Hamás y han ofrecido un apoyo inequívoco a sus víctimas. También destacadas personalidades del mundo árabe han dejado claro que no hay ninguna justificación para el asesinato sádico de seres inocentes. Sin embargo, para nuestra consternación, algunos en la izquierda mundial, que hasta ahora eran nuestros socios políticos, han reaccionado con indiferencia ante estos terribles sucesos y hasta han justificado en ocasiones los actos de Hamás. (…) No hay contradicción entre oponerse firmemente a la subyugación y ocupación de los palestinos por parte de Israel y condenar inequívocamente los brutales actos de violencia contra civiles inocentes. De hecho, toda persona de izquierdas consecuente debe mantener ambas posturas simultáneamente”.

            Es urgente que la izquierda atienda a ese llamamiento. En primer lugar, si cabe, en Barcelona, que debe acoger este otoño una cumbre de la Unión Europea con los líderes del Mediterráneo. Hace apenas unas semanas, el Ayuntamiento de la ciudad restablecía sus vínculos con Tel-Aviv, forjados en el marco de un convenio trilateral que unía también Barcelona con Gaza. Bajo un diluvio de bombas, sin saber si podrían sobrevivir a la vengativa operación lanzada por el ejército israelí, trabajadores municipales gazatíes, dirigían hace unos días un emotivo y fraternal saludo a sus homólogos barceloneses. Si queremos que las ciudades progresistas operen en favor de la paz, explorando caminos muchas veces vedados a los Estados, es necesario que no se dejen arrastrar por la polarización del conflicto y sean capaces de tender puentes. Empezando por aquellos actores que ya están dispuestos a trabajar, a uno y otro lado, por una paz democrática. Decididamente, la izquierda debe rechazar cualquier maniqueísmo. Y, por supuesto, debe huir del menor atisbo de antisemitismo, ese “socialismo de los imbéciles” que denunciaba el viejo Engels.

LLuís Rabell

22/10/2023

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